De repente, un filántropo

By Rosa Jiménez Cano

A Mark Zuckerberg no le dejaron pasar de la sala de las bicicletas en la hermandad más exclusiva de Harvard; después de todo, él no era más que un novato sin pedigrí, el hijo de un dentista de las afueras de Nueva York con tan buen expediente académico como probados conocimientos de programación. El resto es historia (también del cine; véase La red social, de David Fincher): el chico al que dos apuestos remeros, los hermanos Winklevoss, miraron por encima del hombro, creó su propia web para entretejer perfiles, inspirado en una filosofía contraria a la que gobierna las élites. Él no quería, simplemente, conectar a sus miembros. Ni siquiera a la clase universitaria. Su ambición era, y aún anda en ese empeño, llegar a toda la humanidad.

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Via:: Tecnología por ElPaís.com

      

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