Máquinas listas, pero sin sentido común
Imaginen que tuviéramos una máquina para viajar en el tiempo y pudiéramos transportar a Isaac Newton desde finales del siglo XVII hasta la actualidad. Le llevaríamos a un lugar que le pudiera resultar familiar como, por ejemplo, la capilla del Trinity College en la Universidad de Cambridge. Una vez allí se le mostraría un teléfono móvil de última generación. Newton, que demostró que la luz blanca se descompone en diferentes colores al incidir un rayo de sol en un prisma, sin duda se sorprendería de que un objeto tan pequeño produjera colores tan vivos en la oscuridad de la capilla. Después el móvil sonaría con una música que pudiera reconocer, como una ópera de Händel. A continuación, le mostraríamos en la pantalla su obra Principia Mathematica y le haríamos ver cómo usar dos dedos para ampliar el texto. Supongamos también que le mostráramos cómo hacer fotos, grabar vídeos y sonido, hacer cálculos aritméticos con gran velocidad y precisión, contar los pasos que andamos, guiarnos hacía nuestro destino y, por supuesto, poder hablar con alguien a miles de kilómetros.





