Los ojos y los oídos de los sordociegos
Javier García tenía 14 años cuando empezó a notar que oía mal en clase. Su primera reacción fue dejar los estudios y quedarse encerrado en casa. Cuando su mundo de adolescente se derrumbaba, la vida le tenía reservado un nuevo y cruel revés. A los 16 años descubrió que también estaba perdiendo la vista. Pero, paradójicamente, como él mismo dice, la pérdida de visión arrojó un poco de luz en las tinieblas.





